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La odisea del ecuatoriano que burló la guerra pero sigue atrapado en ella

Gracias a la ayuda de la Cruz Roja Internacional y de las autoridades ecuatorianas y ucranianas, logró salir de Shostka a tiempo, pues al día siguiente de su partida conoció que se habían endurecido los enfrentamientos.


El ecuatoriano Diego Moncayo.EFE

El ecuatoriano Diego Moncayo se vio atrapado por la escalada bélica en Ucrania cuando comenzó la operación militar rusa, pero pudo burlar el conflicto y, tres semanas después, logró regresar a su casa en Quito, aunque, de una u otra manera, sigue desde la distancia atrapado en esa guerra.


Con apenas 20 años, este estudiante de filología aún soporta el tormento de una guerra ajena a la que no le encuentra sentido, pues, como dijo en una entrevista con Efe, jamás imaginó que iba a vivir en primera persona y tan cerca el tarareo de las balas.


"Yo aún vivo con angustia, con tristeza", reveló al recordar que varias personas a las que llegó a apreciar como propias "se quedaron" allá y ahora son ellos los "atrapados".


UNA "AMARGA DESPEDIDA"


Para Diego, Ucrania es su "segunda casa" y por eso su huida del conflicto fue una "despedida amarga", por haber dejado atrás a seres queridos como el amigo ucraniano con el que huyó de Kiev el 24 de febrero, cuando empezaron los bombardeos.


Ese día, recordó, tomó un tren hacia el oeste, pero al final la locomotora se dirigió al este, a la zona más peligrosa, cerca de la frontera con Rusia.


Junto con tres ucranianos (dos chicas y otro joven), Diego pudo salir con vida de un enfrentamiento a tiros en la zona de Sumy, luego escaparon a la casa de una de las mujeres en Shostka, una localidad que estuvo sitiada por los tanques.


Gracias a la ayuda de la Cruz Roja Internacional y de las autoridades ecuatorianas y ucranianas, logró salir de Shostka a tiempo, pues al día siguiente de su partida conoció que se habían endurecido los enfrentamientos.


A él, la guerra solo le provoca "desprecio, asco y odio", ya que todo se tejió con mentiras del régimen ruso, que ha tratado a Ucrania con "discriminación y desprecio", según comentó.


"Me encantaría regresar", pero "me apena mucho la situación y espero que muy pronto se acabe" la guerra, remarcó el joven ecuatoriano que goza del calor de su hogar en Quito, pero sufre por los relatos que le llegan desde Ucrania.

"Todavía me siento extraño", pero "no pienso caer por este evento", dijo y repitió con firmeza: "Hay que seguir adelante y no dejarse caer".


DIEGO DEJÓ A SU GENTE


Jeaneth Mendoza, su madre, no deja de agradecer a Dios y a todos los que contribuyeron para que su hijo haya regresado a casa luego de una odisea en la que, en algunas ocasiones, temió por su vida.


"Estamos contentos y no pensamos que sería tan cercano (pronto) este reencuentro, porque se encontraba en el corazón de la guerra", y por eso "nos sentimos bendecidos", afirmó Jeaneth, quien procura comprender y atender en todo a su hijo.


La mujer dijo que entiende el pensamiento de Diego: "Él dejó a su Ucrania, a su gente", a familias que le acogieron en los más de dos años que vivió allá y que al final, con la guerra, las vio dividirse y sufrir.


Este conflicto "nos ha dolido como padres, pero también como seres humanos", aunque en la dureza del conflicto, solo "el saber que estaba vivo nos daba aliento", agregó.


HAY QUE SEGUIR ADELANTE


Según Jeaneth, ahora Diego quiere recuperar su vida y empezará por recomponer su carrera de filología. Para ello ya ha buscado donde podría hacerlo en Ecuador, aunque la madre sabe que "no es lo mismo" y que las condiciones que tenía para estudiar en Ucrania serían muy difíciles de encontrarlas en las universidades locales.


Ella también espera que la ayuda ofrecida por el Gobierno se concrete para su hijo y para los más de 700 ecuatorianos, la mayoría estudiantes, que lograron ser repatriados de Ucrania en los vuelos humanitarios que se organizaron durante las primeras semanas del conflicto.


Raúl Moncayo, padre de Diego, de quien el joven parece haber heredado la paciencia, expresó su alegría por tenerlo en casa y haber podido abrazarlo a su llegada a Quito.


Fueron momentos en que la familia se sintió atada "de pies y manos, porque no se sabía qué hacer", recordó Raúl tras hacer un recuento de los días que pasó pendiente de las comunicaciones con Diego.


Fueron "tres semanas de incertidumbre, de malas noches, de angustias" y, a veces, "nos iba mermando la fe", dijo el padre, para quien "fue difícil entender que él (su hijo) estaba solo".

Han sido "momentos de angustia y momentos de felicidad", algo que ha hecho "renacer a la familia" y seguramente a todos los hogares de los estudiantes que estuvieron allá, añadió.


"La vida nos da otra oportunidad... Hay que seguir adelante", apostilló el padre.